Si preguntáramos por estos lares quién fue Felix Rodriguez de la Fuente, seguro que la respuesta sería univoca: un defensor de la naturaleza, de los animales que a través de sus libros y programas radiofónicos y televisivos dio a conocer a la sociedad española la riqueza natural de la Península, así como el amor y respeto hacia ella.
Felix Rodriguez de la Fuente, "el amigo de los animales", marcó un antes y un después en la defensa de la fauna y creó conciencia de ello en millones de personas que veían y leian sus programas y libros.
Sin embargo poca gente conoce que Felix Rodriguez de la Fuente era cazador. Así como lo que pensaba de la caza y la defensa de la misma.
"Los pajarillos que cogíamos en nuestras andanzas -y por Dios, que no nos imite ningún niño actual- estaban destinados a sazonadas fritangas". Esta cita recogida de él en libro de Benigno Varillas "Felix Rodriguez de la Fuente. Su vida, mensaje de futuro" (La Esfera Biografías 2010), alude a la temprana infancia de Felix como cazador en una época pasada en la que los niños de los pueblos se acercaban a la observación de la naturaleza por medio de la captura de aves.
Pero el aspecto de cazador de Felix venía no de la alegal o prohibida captura de avecillas, sino a través de la cetrería. Actividad cuyo estudio le llevó desde la época de bachiller hasta terminar la carrera de medicina.

Una modalidad de caza que en la península estaba desapareciendo. Felix, y otros, se encargaron de leer y estudiar antiguos tratados medievales para la recuperación de esta modalidad de caza. Así como diversos viajes, al Sahara por ejemplo, para aprender y recuperar técnicas de cetrería.
La pugna que tuvo en esta modalidad de caza con la legalidad establecida es de sobra conocida: las rapaces eran consideradas alimañas y no era bien vista esta actividad por quienes impartían el orden. Por otro lado, se debía de cazar con la rapaces en época de veda, cuando las aves cazables eran mejor presa de las rapaces, surgiendo por esto un nuevo conflicto.
Son numerosas la cartas enviadas a diversos estamentos en defensa de las rapaces y para la utilización de las mismas en cetrería.
Fueron varios los libros de cetrería escritos por Felix y es en los diversos programas televisivos del "Hombre y la Tierra" donde se puede ver estas prácticas de cetrería.
Además, en la mayoría de las escenas de rapaces, casi todas troqueladas y con nombre propio, las capturas que hacen estas son mediante las técnicas de caza de cetrería.
Felix escribió varios libros y prologó otros. Un libro prologado por Felix Rodriguez de la Fuente, fue la "Enciclopedia de la Caza", Editorial Vergara 1967.
Cuyo prólogo integro le pongo a continuación, así como unas fotos que he sacado del mismo a la Enciclopedia.

El aspecto "científico" del prólogo, entiendo que no es lo importante. Si acaso criticable esa especie de evolucionismo-creacionismo que se infiere de su lectura.
Entiendo que lo relevante, los primeros y últimos párrafos, es el ver como su autor, sencillamente se define como cazador y defiende esta actividad como compatible con la defensa de la naturaleza.

“Cuando un naturalista que dedica la vida al estudio y protección de la naturaleza toma la pluma para prologar una enciclopedia de caza, necesariamente ha de hacerse una pregunta. ¿Es justo que el zoólogo, el proteccionista, el amigo de los animales, abra las páginas de un libro que, de manera tan rigurosa como atractiva, describe las técnicas de la persecución, el acoso y la muerte de las criaturas salvajes?
El naturalista, con toda sinceridad, no tiene mas remedio que responderse a sí mismo afirmativamente: puede y debe introducir al lector en las artes venatorias. Primero, porqué él mismo llegó a conocer y a querer a los animales siguiendo las venturosas sendas del cazador. Y, sobre todo, porqué la caza, lo que los científicos llaman la predación, ha venido constituyendo el resorte supremo de la vida desde que ésta apareció sobre nuestro planeta. Porque el cazador, si mata siguiendo las rígidas e inmutables leyes que ha impuesto la naturaleza a la gran estirpe de los predatores, regula, con su acción, y dirige, al mismo tiempo, el complejísimo concierto de las especies: el equilibrio entre los vivos y los muertos.

Al hombre que escala penosamente una empinada ladera para ganarle la mano a las perdices; al que soporta el cierzo, calado hasta los huesos, en una espera a los patos; al que siente en las sienes la música monorrítmica de la sangre cuando un venado galopa hacia su puesto, rompiendo el monte; al hombre que, olvidado de su condición de artesano, de intelectual, de financiero o de político se sume de pronto en la eterna e inmutable tensión del cazador ante la presa; concretamente, al predator humano, querría yo exponer con toda objetividad y, también con toda la cordialidad, el porqué de su incontenible pasión hacia el arte venatorio. Y querría, también recordarle las reglas estrictas que, desde el principio de los tiempos, han venido respetando todos los cazadores, desde el tiburón al águila, desde la mantis religiosa al tigre. Reglas cuya transgresión transforma al predator en hediondo necrófago, al noble cazador en despreciable matarife.
No hace mucho tiempo que, a través de los ojos y las cámaras de los astronautas que circunvalaron la Luna, hemos visto a nuestro propio planeta flotando, solitario, en el frío, negro y silencioso espacio sideral. La tierra aparecía como envuelta en una neblina de luz iridiscente y verdosa, increíblemente bella. En realidad, la aureola de la tierra está formada por su atmósfera y los dominantes verdes proviene de los océano. De tal manera que, en justicia, nuestro planeta debería llamarse mar, ya que el mar y la humedad atmosférica le proporcionan su personalidad cósmica y permitieron que, en un alba remota, naciera la Vida en el seno de las aguas.

La vida en sus formas más primarias, debió de estar representada por microorganismos capaces de asimilar las sales minerales disueltas en el mar, el oxígeno y el anhídrido carbónico, transformando estos elementos en materia orgánica. De la Luz solar recibieron aquellos primitivos vegetales la milagrosa energía que pusiera en marcha tan complejo y decisivo proceso. Han pasado cientos de millones de años y las plantas siguen guardando celosamente el secreto de la fotosíntesis. El mundo vegetal es único y verdadero laboratorio donde lo inorgánico se transforma en orgánico; lo inerte en vivo. Y todos los demás habitantes de esta gigantesca nave de roca y agua que navega por el espacio, no hacemos más que aprovecharnos indirectamente de la luz solar transformada en vida por los tejidos de las plantas.
La fantástica diversificación y complefijicación de los vegetales, que acertaron a abandonar el mar germinal para afianzarse sobre la tierra firme en el más aventurado y fabuloso de los desembarcos que haya tenido lugar en nuestra historia cósmica,fue cubriendo de llanuras los suculentos pastos y las montañas de frondosos bosques. Las hojas, las flores, los frutos y las semillas pusieron música en las alas de la brisa, perfumando el ambiente e hicieron posible la supervivencia de todo un ejército de animales fitófagos que, tras de las plantas, habían, abandonado también los océanos ancestrales.
Pero, capaces de desplazarse para devorar con más facilidad a los estáticos vegetales, los insaciables vegetarianos -dotados de una alta capacidad reproductora- hubieran acabado con todas las plantas del planeta, acarreando así su propia ruina, si casi al mismo tiempo que ellos no hubieran irrumpido en la escena de la Vida los temibles predatores. Porque incapacitados para digerir y asimilar las plantas, los carnívoros se han venido limitando a capturar y matar a los vegetarianos, con objeto de apropiarse las energías atesoradas en sus cuerpos. De este modo se han transformado, desde el principio de los tiempos, en los más fieles guardianes del estrato vegetal, al controlar la incesante multiplicación de los destructores de hojas, frutos, semillas, raíces y madera.
El duelo repetido y cada día renovado entre carnívoro y el herbívoro, cazador y presa, ha ido fortaleciendo, afinando, tallando el cuerpo y el instinto de los eternos antagonistas. La competición comienza por la sutileza de los sentidos: es preciso ver sin ser visto, oír sin ser detectado por el enemigo; olfatear sin alarmar con los efluvios propios al adversario. Y, a medida que la la especie predatora se ha ido haciendo más rápida, más resistente, más capacitada para el vuelo, para la natación para el salto, la especie presa ha alargado también sus extremidades, ha fortalecido sus alas, perfilado sus aletas o vigorizado sus músculos. El incesante juego de las mutaciones y la selección natural ha conducido al carnívoro y al herbívoro al asombroso grado de potencia, agilidad y destreza con que hoy nos maravillan el leopardo y la gacela, por no citar otras obras maestras de la Creación.
La mecánica de esta selección resulta fácil de explicar. Porque quien haya observado a los animales cazadores, se habrá dado pronto cuenta que están naturalmente inclinados a la persecución y la captura de los individuos más débiles entre la población de sus habituales presas. Simplemente, se limitan a seguir la ley del mínimo esfuerzo o del ahorro de energías. Y tras largos años de experiencia con halcones peregrinos, quizá los cazadores más dotados de todo el mundo, he podido comprobar que tales aves son capaces de detectar los más mínimos síntomas de debilidad o anormalidad en sus piezas habituales. Si en una bandada de veinte palomas hay una a la que se han arrancado dos plumas de las alas, el halcón lo percibe inmediatamente y le da caza con toda tenacidad, sin dejarse distraer por el resto del grupo. Un bando d estorninos al que habíamos teñido el plumaje de blanco a un individuo, atraía éste irresistiblemente el ataque del halcón, que intuye en esta variación del color un signo de debilidad. Y de este modo, por los siglos de los siglos, en el fondo de los mares, en lo más profundo de los bosques o en campo abierto, los predatores han ido eliminado a los enfermos, a los deformes, a los tarados. Solo los más aptos han podido sobrevivir par legar a sus descendientes las latas capacidades adquiridas en sus mutaciones.
Por consiguiente, el predator no sólo es el guardián de los pastos y de los frutos, al evitar la excesiva proliferación de los fitófagos, sino que también actúa como un verdadero forjador, como una formidable fuerza selectora que, implacablemente, va mejorando las condiciones anatómicas, fisológicas, y psiquicas de todas sus presas.Pero el propio cazador a de adaptarse también, incesantemente, a las depuradas cualidades conquistadas por el vegetariano, porque todos los predatores mal dotados, incapaces de mantener su "plena forma" en esta fascinante y trágica carrera de perfeccionamiento, son incapaces de cazar habitualmente, se debilitan más y acaban desapareciendo como individuos o como especies en el concierto de la vida.
Al margen de la grandiosa competición entre los vivos y los muertos, esencia y origen de toda la belleza y perfección de las criaturas salvajes, están los llamados carroñeros o necrófagos -como los buitres y las hienas- , que, arrinconados en la más abyecta de las parcela vitales, tiene que limitarse a comer los cadáveres de los predatores o las piltrafas que , saciados, abandonan en sus festines. Compartiendo las angustias de la presa con las venturas del cazador, los omnívoros hemos sufrido sobre nuestra propia carne y sobre nuestro espíritu, quizás más que ningún otro grupo de seres vivientes, la inexorable poda de la selección natural.
Rifle al brazo el orgulloso cazador de nuestro tiempo puede sentirse dueño y señor de la creación. Pero me gustaría recordarle que sus remotos antepasados fueron presa habitual de más poderosos carnívoros , en la larga y lejana noche de la prehistoria.
Los modernos antropólogos a nuestros más primitivos antepasados, identificables por su restos fósiles, como unos primates verticales, de fuerte organización social, armados de huesos de antílope afilados como puñales y de pesadas mazas de piedra.

¿Qué fuerza impulsó a aquellos remotos homínidos, mucho más frágiles y pequeños que nosotros mismos -de unos 35 a 40 kgs. de peso, según averiguaciones de los anatomistas- a iniciarse en el manejo de las armas y asociarse estrecha y jerárquicamente? Seguramente , la predopresión , el acoso secular de los predadores específicos: leones, leopardos y tigres. No había más que dos soluciones: retornar al bosque ancestral o enfrentarse a las fieras. Hay primatólogos que opinan que ciertos antropoides, como el chimpancé, tuvieron una corta experiencia terrícola; pero no pudieron soportar la presión de las fieras . La selva se los tragó nuevamente y en el espeso follaje de la inteligencia recibe escasos estímulos para desarrollarse.
Los primitivos homínidos tenían el cerebro pequeño d_de 500 a 700 cm3 en los australopitécidos , descritos por Dart- pero sus manos ya hábiles, manejaban útiles agresores y defensivos. Y todo parece indicar que la bipedestación -que proporciona una actividad más adecuada para la defensa en tierra- y la habilidad manual, fueron previas al desarrollo del cerebro y lo favorecieron en gran manera. Resulta, por lo tanto, muy verosímil, la hipótesis que los primitivos homínidos aprendieron a vivir en apretados grupos sociales y a manejar armas precisamente para defenderse del ataque constante de los carnívoros, como hoy hacen ciertos simios terrícolas -papiones y hamadridas- valiéndose de su hermética organización social y sus afilados caninos.
Nuestra condición de especie-presa, cuando emprendimos la conquista de la tierra firme, nos favoreció con la constante persecución a que nos sometían nuestros enemigos, que ya no podíamos burlar trepando a las ramas de los lejanos árboles. La característica agresiva humana, la especialización de nuestra Familia en el uso y fabricación de armas, el cooperativismo, el espíritu de equipo, se fueron desarrollando en nuestros más remotos tatarabuelos para ponerles a salvo del acoso de las terribles fieras.
Pero los agudos cuchillos de hueso de la cultura prelítica, que en el alba de la prehistoría nos salvaron del exterminio entre las garras del felino, de medios defensivos se transformaron pronto en eficaces armas para el ataque. Los bulbos, las raíces, las semillas y los frutos que habían constituido la base de nuestra alimentación ancestral, como se desprende del análisis de nuestra dentadura, fueron dando paso a la dieta carnea. Para una orda vagabunda de primates bien armados, era mucho más ventajosa abatir una gacela y devorar sus músculos que deambular largamente ala recolección de los esparcidos vegetales. El carnívoro emplea mucho menos tiempo que el fitófago en comer y en digerir. Al pasarnos espontáneamente al bando de los cazadores, al abandonar la aterrorizada tropa de los cazados, conquistamos un tesoro de valor incalculable: el tiempo. Ya no era preciso vagar constantemente por las estepas y sabanas en busca de semilla. Se podía cazar, mata, comer de prisa y digerir sin laboriosos procesos.
Nuestra historia de cazadores es ya conocida por todos. En el glorioso Magdaleniense, nuestros antepasados de anteayer, por decirlo así -hace apenas doce mil años-, llegaron a la cumbre de la cultura llamada de los cazadores superiores. Todo el hemisferio norte, transformado por los fríos del cuaternario en inmensas tundras y taigas, se vio sacudido por las orgullosas hordas de los cazadores del Cromagnon, que abatían el mamut, el bisonte, el uro, el reno, el ciervo y el caballo salvaje. Armados ya de trabajadísimos venablos, aros y lanzas, vestidos con confortables trajes de pieles, dotados del alto espíritu artístico que les llevó a decorar los techos y paredes de sus cavernas con la más perfecta pintura animalista que haya realizado el hombre, los cazadores del Magdaleniense, con un aspecto físico y una capacidad craneal idéntica a la nuestra, habían conquistado ya la antorcha del progreso. Pero el viaje fue muy largo, porque los diminutos australopitecidos sudafricanos balbucian en el lenguaje de la caza, participaban por derecho propio en el concierto de los vivos y los muertos, hace casi dos millones de años.
Por ello, compañero cazador que, olvidado de tu condición de artesano, de intelectual, de financiero o de político, te sumerges de pronto en la eterna y inmutable tensión del predator ante la presa, piensa que la naturaleza a impuesto reglas muy severas a cuantos nos hallamos en la cúpula de la pirámide de la Vida. No mates, caza. Porqué no es lo mismo matar que cazar. La persecución, el acoso y la muerte de la pieza, siempre han exigido del cazador esfuerzo físico y agudeza mental. Y en cuanto al ejercicio de la caza contribuya a desarrollar tus músculos y afinar tus sentidos, será para ti una actividad noble y deportiva, regida por la eterna ética biológica. Una sola pieza que te exija una tarde entera de persecución, una penosa espera desafiando al cierzo o un laborioso cálculo de estrategia cinegética, representara más alta conquista y mas provechosa dedicación que cien infelices animales derribados con comodidad y sin fatigas. Porqué no es la cantidad de capturas lo que forma y ennoblece al cazador, sino la calidad de las mismas.
En panorámica quizá demasiado rápida, hemos visto que la especie-presa ha sabido adaptarse a la presión de la especie-predator. Y una de las conquistas más decisivas en la adaptación ha sido el aumento de su capacidad reproductora. Los conejos, las perdices, los patos salvajes, reponen fácilmente las bajas que los cazadores han causado en sus efectivos. Hoy podemos controlar perfectamente las poblaciones de estos animales e incluso las de venados, cabras montesas o jabalíes. Pero hay un buen número de especies ibéricas que, incapaces de soportar la agresión humana, porque nunca han militado entre los cazados, sino entre los cazadores, están al borde mismo del exterminio: son los linces, las grandes rapaces, los osos... En el fondo, estos nobles animales son tus camaradas, los que han venido haciendo, desde el principio de los tiempos, lo mismo que tu haces hoy, escopeta al brazo. Respeta a las criaturas protegidas por la ley, no contribuyas con tus disparos a precipitar la desaparición de una especie entera en la lista de los vivos. Porqué todas cuantas criaturas poblamos el planeta hemos salido de las manos del creador y dependemos de su eterna providencia. ¿ Va a ser precisamente el Homo Sapiens, el más favorecido por el Sumo Hacedor, quién se atreva a enmendar la plana de su Obra?
Dr. Félix Rodríguez de la Fuente".
A F. Rodriguez de la Fuente se le pueden criticar o cuestionar diversas acciones, por ejemplo su carácter egocéntrico, su medios y formas a la hora de grabar escenas, sus carencias científicas (se llegó a autodefinir como un "divulgador"), el haber estado realizando su trabajo próximo al Régimen, etc.
Sin embargo, en esas críticas no se le reprocha que sea un defensor de la Naturaleza. Todos están de acuerdo con ello y con la divulgación y concienciación que de la defensa de la Naturaleza hace. Incluidas las incipientes asociaciones naturalistas y ecologistas del final de la dictadura.

Una persona crítica con Felix Rodriguez de la Fuente es Fernando Rodriguez Jimenez. Subdirector de la serie "El hombre y la Tierra", mano derecha de Felix en la elaboración de la serie y hombre que estuvo en las filmaciones al pie del cañón en el campo debido a sus profundos conocimientos de la Naturaleza.
Fernando Rodriguez publicó en el 2006 "Así se hizo el hombre y la Tierra", Naturaventur. En esta obra, interesante donde las haya, como dice el título se describe como se elaboró esta serie. Se explican cuestiones desconocidas para el gran público y cuando toca, a juicio de su autor, critica sin compasión a Felix Rodriguez de la Fuente.
Pues bien, de toda la lectura de este libro valiente, no he visto crítica ni reprocha alguno a dos de las facetas más importantes de Felix Rodriguez de la Fuente: cazador y defensor de la naturaleza.
En definitiva, un hombre que le conoce perfectamente y ha trabajado para él, que elabora un libró crítico, sin embargo no existe el más mínimo reproche a la actividad cazadora de Felix Rodriguez de la Fuente.
Otro que conocía a F. Rodriguez de la Fuente y también trabajó para él era Aurelio Perez. Aurelio sale en varios capítulos del "Hombre y la Tierra". Su libro "Aurelio Perez el Naturalista" cuya lectura es un placer, en lo tocante a la figura de Felix Rodriguez de la Fuente es carente de crítica. Aurelio se reconoce no cazador pero no critica la actividad desarrollada por Felix.
Bueno Aurelio no se reconoce como cazador de escopeta, pero y ¿con las rapaces, qué era?.
Felix estuvo en diversas asociaciones y fue fundador de otras.
Dos palabras repecto a la WWF (ADENA). En la obra arriba citada de Benigno Varillas se describe perfectamente la génesis en España de esta asociación. En el acta de constitución de 30 de julio de 1968 de ADENA (en la Dictadura había que castellanizar todo) los miembros firmantes por este orden son: Don Juan Carlos de Borbón, Valverde, Llanza, De Prado, Rodriguez de la Fuente, Foxa, Palleja, Bernis, Urquijo, Codorniu, Vicuña y Goening.
Así, a bote pronto, cuento a varios cazadores: Felix Rodriguez de la Fuente, Foxa, Palleja (en esta época lo era), Alfonso Urquijo, siendo además el secretario Ramón de Madariaga.
Todos ellos cazadores, algunos de ellos por diversos continentes, con puestos en estamentos relacionados con la caza, Federaciones y autores de libros cinegéticos.
Como anécdota la WWF (ADENA) en España la asamblea fundacional y la firma del acta se realizó en la finca de la Jarilla, a la sazón propiedad del cazador Urquijo.